
Fotografía de Francesc Català Roca.
Claro, te pones a estudiar, el curso avanza, se gastan las gomas de nata y los rotuladores de colores, el estuche de snoopy tiene mataduras en cremallera, estructura e interior, pasan las conferencias, las prácticas, los libros del montón de la izquierda van pasando lentamente al montón de la derecha y cuando te quieres dar cuenta los días son largos, las noches tibias y estás a punto de recibir un diploma que no querías para nada y que te va a suponer más dinero que tu gobierno te quitará impositivamente por culpa de unos bandidos contra los que no se ha inventado Robinjú que valga.
Una tarde te das cuenta de que estás a treinta grados. Miras el blog y han pasado casi seis meses.
El tirón final del curso me ha apartado de las carreras, me ha devuelto al tabaquismo y me tiene un poco de los nervios, más que por incertidumbre de haber progresado adecuadamente por ansia de volver a la rutina de lo desconocido que viene siendo mi vida normal.
El verano traerá, espero, viajes sin nicotina, carreras playeras y brazadas mediterráneas, baños de sol y caras de amigos un poco dejados de lado.
Pero bueno, ya está bien de hablar y no decir nada. Vámonos a los territorios de la imaginación para tratar de olvidarnos de crisis, incumplimientos, mentiras, atracos y demás virguerías de la realidad; volvamos al mundo de lo imaginado......
Dicen las lenguas que hubo en nuestro Rincón un alguacil barítono, que ganaba su jornal pregonando las nuevas que el consistorio tenía a bien disponer.
Epifanio Glotis, era un meticuloso estudioso de los vientos variables, los capullos venenosos de la azalea y la presión hídrica en el botijo normal; era su más notoria excentricidad que jamás dejaba al azar la elección del punto desde el que pregonar los edictos. Si levante, si poniente, si acumulación de personas, si olores o charcos, si sí, si no... todo eran consideraciones y prevenciones. De tal forma que en veintitrés años de ejercicio nunca se le conoció querencia por esquina, acera o encrucijada alguna, a veces era la orilla con agua a medio muslo, otras al atardecer con el sol a la espalda en preciso declinar, era, en fin, un genio de la puesta en escena, consciente, tal vez, de que debía superar con su ciencia la insulsa banalidad del contenido de sus proclamas. Llegó a ser tal la cosa que cuando le veían aparecer por la puerta del ayuntamiento dotado de trompetilla, cara de autoridad delegada y ojillos de conocer un secreto, los vecinos le seguían ignorantes del misterio que llevaría a Epi Glotis a detenerse en uno u otro sitio, ajustarse los anteojos, extraer de su cartera de cuero el edicto y tras dirigir una severa mirada a la concurrencia en busca de respeto y silencio, proceder, por fin, a leer las nuevas, siempre trufadas de adjetivos, modismos, circunloquios y burocrática palabrería.
Cuando terminaba su magistral lectura, quia, su excelsa interpretación, Glotis aspiraba lentamente con la vista aún clavada en el panfleto, suspiraba, se quitaba las antiparras con gesto satisfecho y volvía a hacer sonar la trompetilla esta vez sí mirando a la concurrencia. En ese momento, el mejor del día según algunos en directa competencia con el paseo de la Niña Nueva al comprar el pan, también muy seguido y comentado, los rinconeros discutían sobre la actuación de Epi, que si el tono de voz, que si la mano derecha, que si la pausa entre signos de puntuación, tal vez un puntito de falsete en el segundo párrafo hubiera dotado al momento de una mayor enjundia; nada, nada ha sido perfecto, memorable.........
Es el rinconero medio ciudadano consciente, hábil interpretador de las señales recibidas, discutidor con sentido y vividor alegre, como se puede ir deduciendo de todo este sinsentido. Nadie recuerda ninguna de las medidas adoptadas por el ayuntamiento, pero todos recordarán por siempre jamás la oratoria, el saber estar y la entrega de Epi Glotis. Ese alguacil.
Hala!!!!! Aquí estamos, de vuelta y peor que nunca de la cabeza.
Besos y abrazos.