sábado, 25 de diciembre de 2010

Mañana batalla.



Tomó la novela, la olió y pasaron doce años por sus narices, observó detenidamente su propia firma y la fecha. Intentó recordar en qué lugar vivía entonces, dónde compró el libro o tal vez a la persona que se lo regaló. En la portada una hermosa mujer joven se apoya en la grupa de una cebra, lleva un jersey de punto, una cadena con un camafeo -era un camafeo- y descansa su cabeza sobre el puño derecho, la mirada perdida, sueña o recuerda o espera, es rubia y su rostro es antiguo, sus labios deseables. La cebra sólo muestra un ojo a causa del encuadre y una absurda -para toda cebra que se precie- rienda parcial de cuero sugiere un tíovivo ausente.

Al final resulta que todo es absurdo si lo piensas bien.

En "Mañana en la batalla piensa en mí" el que iba a cenar y retozar se encuentra con una muerta y un niño de dos años que no quiere dormirse. Un papelón, vamos. De ese libro es la imagen de la cebra con la pensadora-soñadora.

Sí, todo es absurdo si lo piensas bien.

Tengo anotada una frase que leí por ahí que dice que "la diferencia entre ficción y realidad es que la ficción debe tener sentido"

sábado, 18 de diciembre de 2010

Lluvias


Eran lluvias calientes aquellas lluvias.

La primera me impresionó. La de aquella playa turquesa, o no, me paró el corazón justo en el ventrículo donde luego cayó el rayo que dejó esta cicatriz y la siguiente vez que la vi no estabas tú y era una foto. La segunda me asustó como los relámpagos asustan a Trufa, la perra que no sabe que lo es. La que duerme conmigo y cuyas pesadillas me despiertan algunas noches con ladridos apagados y tiriteras. Qué soñará mi perra. Otro día fue una carretera a medio asfaltar y un cobertizo de cañas que se quedarán allí, ya para siempre.

Hoy la lluvia es esta calle limpia a la que me asomo desde las alturas con los auriculares, Sabina y reflejos azules en la ventana azul. Humo blanco. Y no hace frío.

Tantas cosas que contar y no poder hacerlo.


miércoles, 13 de octubre de 2010

Navegaciones y descubrimientos.


Miedoso Cerval nació en Rincón de la Victoria, provincia de Melonia Occipital en el año de la Derrota de 345'34 (según el calendario Mah Arón), hijo de un cromagnon ebrio y una australopitecus albina. Desde muy pequeñito desarrolló habilidades para la cocción sin par de la haba, el canto desafinado y la estrategia del camuflaje.

Cuando cumplió los ciento doce suspiros amontonó, un mediodía como otros, maderos desusados, telas desarrapadas y cabos del golfo y construyó un navío de tres puentes. Lo bautizó con sifón con la inestimable ayuda de Sue Madrina con el nombre de "Barco" y se hizo a la mar llevando un petate que contenía un ejemplar de "La carta esférica" de Pérez-Reverte, otro del "Corazón de Ulises" de Reverte sin Pérez y unas páginas amarillas de Guanahani, por si acaso, dijo. Olvidó por dejadez en el aparador, junto al recuerdo de Calahorra, la brújula, las cartas náuticas y el botijo.

Todos decían que su empresa sería un fracaso. Bueno, todos menos Sue, que era sabedora de pro y oriunda de Alfarnatejo, ambas cualidades, bien sabido es, tendentes a dotar a las criaturas de profunda clarividencia.

Cuando la nao capitana, y única, de Miedoso Cerval superó el rebalaje y dejó de oscilar pendular y peligrosamente puso rumbo "pallá". Adoptó su capitán, tripulante y polizón una estudiada posición fetal y se dejó llevar. Cuando cesaron los temblores, angustias y agonías que atenazaban su corazón, Miedoso tomó el timón, y sabiéndose solo escupió por la borda correcta, miró al horizonte y se dijo: " a tomar por culo ".

Llegó una tarde, a las siesta y cuarto, a una isla bonita y rodeada de agua por todas partes menos por el suelo. Soltó el ancla. Se escondió durante dos horas y asomó la cabeza cuando se le pasaron las ansias nerviosas. Lo que vio le dejó pasmado: un equipo de "CNN Plus Ultra" estaba retransmitiendo en directo el descubrimiento de aquellos pagos a cargo de un pavo con peluca y mal olor corporal llamado Colón que decía no se sabe qué necedades.

Como no le interesaban los realities, hizo un grandísimo corte de manga tras asegurarse de que no le veían y siguió viaje; pero antes arrojó por la borda la guía de teléfonos.

Sin darse importancia, claro.


domingo, 10 de octubre de 2010

Libros por escribir.


La tarde se ha desvanecido tranquila, escribió mirando a poniente. Ejecutó por enésima vez su tic, se levantó con un escalofrío y se fue a la casa en la que vivía pensando que un día podría ir a casa.

Los colores del atardecer en este pueblo son increíbles, pensó. Hizo una foto con el móvil, exhaló una bocanada con sabores de ajo y ginebra y siguió caminando. En su bolsillo tintineaban unas llaves.

Mira, mamá, el cielo está rojo. Y vio naves interestelares surcando universos llenos de vacíos y distancias minimizadas por su metro veinte y su esperanza desconocida. Su cara lucía tremendos churretes.

Madre mía, qué precioso atardecer, se dijo. Se agachó para recoger la pelota, comprobó que llevaba la bici, la rebeca, los patines y la niña. Miró a su marido que, escondido tras unos auriculares, estaba en el fútbol. En cualquier parte menos con ella.

Levantó el vuelo sacudiéndose. Sintiéndose cada vez más ligera, de reojo vio ponerse el sol y enfrentó su cuerpo a sus últimos rayos. Picó de nuevo como sólo lo saben hacer los cormoranes y se zambulló tras el último boquerón de plata.

Borracho, sucio de seis días sin agua, mirado con desprecio y sintiéndose el más feliz de los hombres sacó la cabeza por entre los plásticos improvisados entre dos barcas y se tumbó a ver llegar la noche. El contenedor de la hamburguesería será hoy.

Cogidos de la mano se miraban emocionados porque mañana no hay instituto y podrán verse de nuevo, como este verano. Y harán planes que no cumplirán y sentirán aquel pellizco.

Y todos envueltos por la misma luz, cada uno con su libro por escribir.











lunes, 26 de julio de 2010

Antonio Atónito



Dicen las comadres y los copadres de Rincón de la Victoria que una vez veraneó en el pueblo un personaje llamado Antonio Atónito que llegó un día primero de julio con una maleta de cartón, unas gafas de sol de cuello vuelto y una bandurria.

Por lo visto por quienes lo vieron, se abrió la puerta del aLtobús, salieron los del interior como empujados por chisporroteante torrente achampanado, se lanzaron sobre las hamacas y detrás salió Antonio, lento, cargado de hombros, estrecho de pecho y con pies de plomo, se quedó mirando el mar, soñó y entonó esta tonada con aires de bossaboba:

Toda mi vida soñé
con poner en la orilla mis pies.
Olas, gaviotas y arenas
sepultarán todas mis penas.

ESTRIBILLO

Ole, ole, ole.

BISES

Acto seguido fue detenido por las fuerzas y cuerpos de seguridad del municipio, esto es, por Mauricio el costalero mayor, alguacil, ventero y resucitador de amores imposibles que le presentó ante las justicias, a la sazón, Don Justo Perdido, que le impuso, en calidad de imponedor, la pena de hombre, multa y accesoria de cosquilla con pluma de rana por los delitos de desazón colectiva, atentado contra la rima simétrica, descojonación másIVA y perturbación del medio ambiente.

Tras cumplir su deuda con la ciudadanía, pudo, por fín, Atónito, remojar sus corvas y entresijos en las playas litorales de nuestra costa playera y lo hizo con pompa, ceremonia y boato, como era de imaginar: se postró arrodillado en la orilla, pero siendo como eran las 19'34 le asaltó la ola de rigor y fue a dar con sus huesos y su bandurria a doce metros de distancia con grandes aspavientos, ahogos y recomposiciones vergonzosas, sin que ello menguase un ápice su afán mediterráneo y meridional. Retomó la posición con elegancia y disimulo, extrajo un pañuelo preventivo y observó la luna llena, la curva de la playa, El Tajo y empezó a hacer unos pucheros tristísimos, seguidos de graves aspiraciones nasales y una lágrima que cayó en la arena.

Qué espectáculo, qué emoción aún comentan por aquí. Antonio Atónito estuvo treinta días con nosotros y los treinta repitió el espectáculo: corría por la mañana hasta su lugar preferido (el único que conocía en la playa), clavaba la bandurria, se aproximaba a la orilla y prorrumpía en desconsolado llanto. Unos dicen que pensaba en el fin del verano, otros que el mar le había oxidado el seso, otros que una enfermedad natal y testamentaria le hacía refractario a la felicidad.

Yo no sé qué le pasaba a este veraneante, pero la idea de marcharse de aquí debe ser dolorosa para ellos, los pobres. Y eso que no saben lo bien que estamos en invierno.

Va por ellos. Los pobres.


sábado, 19 de junio de 2010

Oasis.


Cuando las gallináceas corean el sálvese quien pueda, cuando los medios se lanzan basura y contrabasura unos a otros y, en medio, los ciudadanos tienen que pagar a incompetentes, chorizos y mangurrinos de la más siniestra sinvergonzonería uno tiene que buscar oasis, como esta 3ª Sinfonía de Brahms o Sefarad de Antonio Muñoz Molina.

Este mundo nuestro, que es el sueño de medio mundo, está angustiado por una palabra de seis letras que queda en segundo plano contrapicado cuando empieza un partido de fútbol. Vivimos en el país de la histeria, de las alertas amarillas por si acaso, de la desesperación angustiosa y deprimida del exceso y el aburrimiento.

No vio este rinconero mucha depresión en aquella selva en la que un matrimonio anciano, harapiento y sí en crisis había adoptado como propios a una docena de niños cuyos padres habían sido asesinados. Crisis. ¿Qué sabremos nosotros lo que es una crisis? Lo que es vivir en crisis permanente, haber nacido en crisis sabiendo que te morirás en crisis. Amos anda.

No somos el ombligo del mundo.

Cuenta la lengua triperina que hace unos años vivió en Rincón un asombroso personaje llamado Asombrosio Peculiar, conocido por su calva incipiente de nacimiento, su orondez paralelepípeda y una peca con forma de triángulo escaleno levemente ascensórico e invertido en su vértice sur.

Era Asombrosio un ciudadano umbilical que estaba perfectamente convencido de que la tierra, la luna y el sistema solar y las norias giraban en torno a su ombligo; todo lo medía en función de su antojo, conocimiento o experiencia. Nunca jamás se le conoció expresión de ternura o afecto, salvo el día en que cruzándose con la Niña Nueva de sopetón al salir del Colmado de Los Insaciables, se rozaron los codos y sufrió un colapso felicitorio agudo con descolgamiento de facciones y papadismo boquiabiertural, según consta en informe médico emitido por D. Calcio Ilegible, a la sazón médico, astrónomo y maquinista de la general. Lo dicho, que salvo ese día nunca Asombrosio se puso en pellejo ajeno o consideró la remota posibilidad de que su vida no fuera la medida de todas las cosas. Tampoco llegó a la conclusión de que antes, ahora y después muchas personas viven en crisis permanentes, apartados o aquí al lado.

¿Qué? Sí, sí viene a cuento.

Buen finde, si hay alguien.



viernes, 11 de junio de 2010

Esta mañana...

Esta mañana un amigo me ha dicho que tengo mucho morro. Que escribir sobre correr siendo un lento como yo es tener mucho morro, para ser exactos. Los amigos, ya se sabe, son esas personas que te ponen buena cara mientras te patean la conciencia y uno les debe, con mucho gusto, agradecimiento y consideración.

Toca historia.

Había, hace muchos, muchos años, en Rincón de la Victoria un vecino que era conocido en la comunidad por pasear palmito envasado, rascarse con arte las corvas y despendolar gallináceas los martes. Su nombre: Antrés Andosuno. Había nacido en Otraparte, pero vino de vacaciones con el colegio una semana santa y se agarró a una palmera del paseo marítimo cuando llegó la hora de volver a casa. Sus profesores y compañeros tiraron de él durante sesenta y dos digestiones y un rato, hasta que viendo que iba en serio le dejaron por imposible, y por persistente agarradizo. A sus padres les llevaron su mochila conteniendo restos de un bocadillo de salchichón Delbueno y una foto dedicada y tranquilizadora que firmó con los pies. Éstos, como le conocían, pasaron página, hicieron borrón y cuenta nueva, pidieron un préstamo para olvidarle y se compraron un xilofón que nunca tocaron porque no sabían lo que era exactamente.

Antrés se ganaba la vida estrujando conciencias. Un poner: un rinconero se levantaba con conciencitis, pues no había problema, iba a verle, se tumbaba en un diván Divienen de color incoloro que tenía en su consulta y en menos de veinte pulsaciones Antrés le descargaba la conciencia. Cobraba en especies: linces, cabras y manatíes.

Y todo esto viene a cuento porque esta criaturita también corría. Y también era lento. Tenía por norma hacer las maratones en una semana, de tal forma que en el kilómetro tres paraba en casa de la Niña Nueva, con la que se le conocían relaciones apasionadas y ruidosas, allí se dedicaban a enredos amorosos con pena y tracción, digitalización y circulitos, tras lo cual ingerían juntos una cantidad indecente de vino con rosquillas, retozaban otro poco y se quedaban profundamente dormidos, tras descargar sus conciencias. Un profesional. Las siguientes etapas en su maratón de una semana incluían visita a la panadería de Casto para cata y regusto, procesión sigilosa a la ermita de los Mínimos con exaltación máxima, observación astronómica de altura, despunte idílico, onírica ensoñación y paseo en coche de caballos con avituallamiento.

Jamás ganó una carrera y una vez cuando llegó a la meta aquélla ya no era tal sino salida de nuevo. Nunca le importó. Lo que disfrutaba Antrés era el trote, el paisaje y el paisanaje.

Un figura.


viernes, 4 de junio de 2010

Está bien todo.

Una extraña carambola del destino me ha dado un pequeño estacazo. Nada grave. Una de esas patadas en la espinilla que te da la vida de vez en cuando. No hay peligro.

Es en momentos como este cuando uno reafirma amistades y cercanías. También sirven los reveses para hacer callo y aprender. Está bien la vida.

Esta pequeñísima adversidad me ha recordado la historia de Intríngulis Moral, un vecino de Rincón de la Victoria que pasó a la historia por descerrajar candados, andar de lado y motivar inverosimilitudes. Así consta, literalmente, en su lápida de plástico en el campo del silencio municipal.

Dicen quienes le conocieron que Intríngulis, Intríngulis para los amigos, era aficionado a la masa. Se sentía vivo cuando formaba parte de un grupo de criaturas, de tal forma y manera que se le veía en misa y repicando, en la cola del pan, las competiciones deportivas a su inicio y finalización y en todo acto social. En esos momentos medía entre uno ochenta y dos metros diez, sin embargo, cuando llegaba la hora de marchar a su covacha menguaba, menguaba y menguaba hasta alcanzar la inusual estatura de veinte centímetros y una pizca o dos.

Digno de ver debió ser este rinconero.

Cuentan que estando en la fría mesa del tanatorio su cuerpecillo menudo era tan discreto que bastó una plañidera afónica y un mechero BIC para velarle; pero que al acercarse personas y la hora de su último paseo hasta el nicho se produjo el conocido crecimiento hasta el punto que empezaron llevándolo en hombros dos enanos de un circo que fueron precisando ayuda hasta que finalmente, cuando empujaban sus restos hacia la umbría cuadratura, ya eran doce fornidos pescadores los porteadores.

Hubo quien dudó de que estuviera realmente muerto. Algunos pensaban que era su última excentricidad.

En fin, cosas de rinconeros.

Para terminar y a modo de sugerencia, que decir consejo está mal visto en estos días de sabelotodos de Telecinco y Google, no le deis jamás el coñazo al que ha sufrido un traspiés. Ayudadle o pasad de su culo, pero no le deis jamás el coñazo.

BSS


miércoles, 26 de mayo de 2010

Está bien la vida.

Fotografía de Francesc Català Roca.


Claro, te pones a estudiar, el curso avanza, se gastan las gomas de nata y los rotuladores de colores, el estuche de snoopy tiene mataduras en cremallera, estructura e interior, pasan las conferencias, las prácticas, los libros del montón de la izquierda van pasando lentamente al montón de la derecha y cuando te quieres dar cuenta los días son largos, las noches tibias y estás a punto de recibir un diploma que no querías para nada y que te va a suponer más dinero que tu gobierno te quitará impositivamente por culpa de unos bandidos contra los que no se ha inventado Robinjú que valga.

Una tarde te das cuenta de que estás a treinta grados. Miras el blog y han pasado casi seis meses.

El tirón final del curso me ha apartado de las carreras, me ha devuelto al tabaquismo y me tiene un poco de los nervios, más que por incertidumbre de haber progresado adecuadamente por ansia de volver a la rutina de lo desconocido que viene siendo mi vida normal.

El verano traerá, espero, viajes sin nicotina, carreras playeras y brazadas mediterráneas, baños de sol y caras de amigos un poco dejados de lado.

Pero bueno, ya está bien de hablar y no decir nada. Vámonos a los territorios de la imaginación para tratar de olvidarnos de crisis, incumplimientos, mentiras, atracos y demás virguerías de la realidad; volvamos al mundo de lo imaginado......

Dicen las lenguas que hubo en nuestro Rincón un alguacil barítono, que ganaba su jornal pregonando las nuevas que el consistorio tenía a bien disponer.

Epifanio Glotis, era un meticuloso estudioso de los vientos variables, los capullos venenosos de la azalea y la presión hídrica en el botijo normal; era su más notoria excentricidad que jamás dejaba al azar la elección del punto desde el que pregonar los edictos. Si levante, si poniente, si acumulación de personas, si olores o charcos, si sí, si no... todo eran consideraciones y prevenciones. De tal forma que en veintitrés años de ejercicio nunca se le conoció querencia por esquina, acera o encrucijada alguna, a veces era la orilla con agua a medio muslo, otras al atardecer con el sol a la espalda en preciso declinar, era, en fin, un genio de la puesta en escena, consciente, tal vez, de que debía superar con su ciencia la insulsa banalidad del contenido de sus proclamas. Llegó a ser tal la cosa que cuando le veían aparecer por la puerta del ayuntamiento dotado de trompetilla, cara de autoridad delegada y ojillos de conocer un secreto, los vecinos le seguían ignorantes del misterio que llevaría a Epi Glotis a detenerse en uno u otro sitio, ajustarse los anteojos, extraer de su cartera de cuero el edicto y tras dirigir una severa mirada a la concurrencia en busca de respeto y silencio, proceder, por fin, a leer las nuevas, siempre trufadas de adjetivos, modismos, circunloquios y burocrática palabrería.

Cuando terminaba su magistral lectura, quia, su excelsa interpretación, Glotis aspiraba lentamente con la vista aún clavada en el panfleto, suspiraba, se quitaba las antiparras con gesto satisfecho y volvía a hacer sonar la trompetilla esta vez sí mirando a la concurrencia. En ese momento, el mejor del día según algunos en directa competencia con el paseo de la Niña Nueva al comprar el pan, también muy seguido y comentado, los rinconeros discutían sobre la actuación de Epi, que si el tono de voz, que si la mano derecha, que si la pausa entre signos de puntuación, tal vez un puntito de falsete en el segundo párrafo hubiera dotado al momento de una mayor enjundia; nada, nada ha sido perfecto, memorable.........

Es el rinconero medio ciudadano consciente, hábil interpretador de las señales recibidas, discutidor con sentido y vividor alegre, como se puede ir deduciendo de todo este sinsentido. Nadie recuerda ninguna de las medidas adoptadas por el ayuntamiento, pero todos recordarán por siempre jamás la oratoria, el saber estar y la entrega de Epi Glotis. Ese alguacil.

Hala!!!!! Aquí estamos, de vuelta y peor que nunca de la cabeza.

Besos y abrazos.







sábado, 2 de enero de 2010

2010



Mientras hacía la foto mi hijo miraba al sol y me decía que parecía estar pintado en el cielo. Cuando le pregunté por qué decía eso, me contestó que no calentaba. Aprendo muchas cosas de mis hijos.

Aquella mañana todo estaba helado en el sitio en que se ve más cielo que tierra. Un pueblecito de Segovia que visitamos todos los años. Pensé que podría ser una bonita fotografía porque lo veíamos todo en blanco y negro menos algunos retazos de cielo peleándose por ser azul.

Espero que lo pasemos estupendamente en 2.010. Todos.

Está bien la vida.