Treinta grados casi en noviembre, uno tiende a sentirse un glaciar menguante cuando sale a correr en estas fechas con tanto calor. Un circuito improvisado con tres superficies diferentes, un par de cuestas que merecerían una escalera, una pista de atletismo de la que sólo usamos doscientos metros, una zona marcada previamente para hacer una explosión de velocidad donde nos jugamos las cervezas y sudor, mucho sudor.
El fartlek es mucho más complicado que eso, lo sé; pero nos hemos montado un espectáculo improvisado esta mañana y hemos terminado fundidos pero contentos; a lo lejos veíamos a las liebres; nosotros íbamos a nuestro ritmo: ese que nos permite hablar (poquito) pero que nos deja satisfechos, sin sentir el aliento de la muerte en la nuca.
Estoy ahora sentado en esta ventana azul recordando la paliza de esta mañana y tengo que reconocer que ha sido muy agradable. Cincuenta minutos, dos litros de sudor y la recompensa de un puente en la playa. Correr en buena compañía hace más interesante la cosa, como en todo, claro.
Cuando venía hacia Málaga en el coche, en compañía de las endorfinas, Serrat me cantaba a Machado y Clapton se preguntaba si todo sería igual si encontrase a su ángel en el cielo. Bach esta vez ha quedado en sexta posición del reproductor porque experimento un cierto cosquilleo al entrar en el garaje, subir el volumen y dejar que se expanda por ese espacio gris y amarillo rebotando por las paredes, suena tan bien que parece una iglesia románica el jodido garaje. Mi perra lo oye y me espera en la puerta como si yo acabara de llegar de explorar el Polo Sur y sus barrios aledaños.
Mañana por la mañana carrera por la playa y baño para dejar las piernas a punto. Echo de menos correr junto al mar desde que empecé mi etapa eMaginari@.
Pasadlo bien.
