martes, 21 de julio de 2009

Cerrado por vacaciones.




Diario de un día cualquiera.

Me levanto.

Me baño en la playa.

Me tumbo.

Me levanto.

Me baño en la playa.

Me tumbo.

Me levanto.

Me baño en la playa.

Me tumbo.

Me levanto.

Me baño en la playa.

Me tumbo.

Me levanto.

Me baño en la playa.

Me tumbo.

Leo.

Leo.

Leo.

Hasta pronto.

jueves, 9 de julio de 2009

Cal pa los bichos y la caló.




¿Cómo serían sus vidas agarrados a la roca, viviendo, pariendo, muriendo entre paredes irregulares, unas veces rezumando humedad y calor, otras frías, gélidas?

¿Cómo forjaron su forma de ser el miedo, la privación y las oleadas de extraños invasores de lenguas, vestidos y costumbres tan dispares?

Les imagino pacíficos, aferrados al río y a la montaña, cuidando cabras y cerdos, recolectando el fruto de sus cosechas mínimas, arañando un metro más a la roca con esfuerzo, constancia y paciencia, sin apenas herramientas, siempre mirando al mar, allá a lo lejos, esperando el siguiente saqueo, ocultando a las niñas, el grano, la carne y el pescado en habitáculos aparentemente inaccesibles.

Imagino al romano subiendo la cuesta. Imagino al ibero sentado en la puerta de su casa-cueva despellejando un conejo. Se levanta. No, el conejo, no, el ibero. No se atreve a mirar los ojos del militar que rodeado de líctores malencarados se ha detenido frente a su puerta.

Julio Cesar está cansado le duele la espalda, ha venido a probar las aguas, dicen que son buenas para el hígado. Se detiene, la subida es empinada. Con un gesto pide agua, un esclavo se arrodilla a su izquierda y le ofrece una copa de plata.

El ibero apenas respira, inmóvil.

Julio César le pregunta: ¿vives aquí?

- Sí.

- ¿Sabes quién soy?

- Un romano rico.

Dos de los escoltas carraspean, si la respuesta no le parece adecuada a su jefe, tendrán que degollar allí mismo al insolente.

- ¿Qué respuesta es esa?

- Vuestras ropas, la escolta, la copa de plata, esa espada. Sois un romano rico.

El roce metálico del gladius es inconfundible. Una mano huesuda y de cuidadas uñas se alza y el soldado detiene el movimiento. La espada seguirá en su funda. El ibero vivirá por ahora.

- ¿Vives en esta casa?.

- Sí.

- Mi nombre es Cayo Julio César.

- Yo me llamo Manolo.

- ¿Manolus?

- No, no, Manolo. Esto es Málaga. Aquí si te llamas Manolus no te toman en serio.

- Manolo. ¿Ese conejo lo has cazado tú? Me interesa la caza, quiero saber con qué arte o arma lo has abatido.

- El conejo es del Mercadona, a ocho euros el kilo, mi niña me lo ha traído esta tarde de Estepona, sabe usted.

Julio César se rasca la incipiente calvicie, parpadea dos o doce veces y explota. Es un arranque de ira que sorprende a todos, incluso su esclavo más veterano se tumba en el suelo panza arriba, sumiso y perruno. "Yastamos otra vez", susurra el escolta más joven.

- Me voy a cagar en todo!!!! ¿Cómo que en el Mercadona?. Los iberos tenéis prohibido ir a esos supermercados hasta que los inventen y eso aún no ha ocurrido, MAMON!!!!

- El ibero Manolo, Manolus no, Manolo. Saca un paquete de Celtas y prende, tranquilo, un cigarrillo.

- ME VOY A CAGAR EN TODOOOOOO!!!! EL IBERO FUMA CELTAAAASSS!!!!!!

- Esto es un sindios!!!!! A este que lo saquen de aquí inmediatamente y lo pasen a Telecinco, no lo quiero en mi Canal de Historia.

- Glupsss.

martes, 7 de julio de 2009

Libros playeros, sustos y un pueblo blanco.



Casares, dicen, recibió ese nombre en honor a Cayo Julio Cesar que anduvo por esas cuestas allá por los años sesenta antes de Cristo y los Beatles. Tengo que confesar que sentí un cierto escalofrío al leer la placa que menciona la visita de tan ilustre criatura que tanto lío armaría años más tarde en las Galias y más allá.

Claro que no sé si el escalofrío fue fruto de la impresión histórica o de los calambres, sudores y agobios que me había producido la subida hasta lo más alto del pueblo una mañana de finales de junio. Vete a saber.

Escalofríos, tiritona y sofocos es lo que me está produciendo el libro que me ha prestado Miriam. Os resumo lo leído hasta ahora:

Un señor monje se dedica a ir de convento en convento crucificando monjas y poniéndolo todo perdido de sangre y cosas pegajosas en nombre de un jefe que tiene que es malo malo, luego va a la selva y vuelve a ponerlo todo perdido, pero esta vez de ceniza y azufre; maldiciones y cadáveres que se levantan y persiguen a un sacerdote que sabe veintitrés idiomas y dos dialectos, pilota, navega, lustra y da esplendor entre sexy y respetable del todo; primor de hombre, vamos. De pronto se encuentra con la agente del efebeí que ve cosas que no se ven porque tuvo un accidente y dos desmayos y se hacen socios en exorcismos, papiroflexia criptográfica y parchís templario. Mientras estos le buscan infructuosamente, el malo, que más que malo es un mamón, sigue haciendo cosas propias de su condición, odiosas, sucias y repugnantes. Y, claro, yo que pensaba que los monjes sólo hacían cosas buenas, y dulces, mientras cantan gregoriano, estoy en un sinvivir. A mí estos libros veraniegos que huelen a aftersun me rompen los esquemas. Será un bestseller de esos, pero esto no hay quien lo entienda.

Y además, lo confieso, me da miedo, me pego unos sobresaltos, sufro unos pasmos de agárrate y no te menees. Sin ir más lejos, anoche a las tres y veinte me dio por soñar con el libro, me atacaron tres vampiros, una monja esteparia, una perdiz ojimanca y la madre de Cristiano Ronaldo. Un sueño horroroso del que sólo me pude recuperar tras dos descargas de "apártense".

Desde que he empezado "El evangelio del mal" no salgo a correr por las madrugadas sin mi kit antisatánico del Mercadona.

¿Qué tendrá esto que ver con Casares y con Julio Cesar?

Incógnita misteriosa.

F

sábado, 4 de julio de 2009

Gremios.



Entre Tokio Blues y un libro sobre submarinos alemanes en la Segunda Guerra Mundial, me he zampado un par de tomazos sobre Publio Cornelio Escipión de un tal Posteguillo que me han entretenido muchísimo -Quinto Fabio Máximo me ha dejado pasmado-; hemos trepado como gamos en manada a lo más alto de Casares; practicado el tumbing cerquita de Tarifa. He participado en una carrera con cronómetros y competidores, cortita y que me dejó agujetas hasta en el llavero pero que acabé con éxito, mérito y recompensa... en fin, que esto es un no parar, oiga.

Y claro, con tanto meneo el blogrrgg abandonado.

En El Rincón, por seguir con las crónicas del pueblo tenemos, ya lo sabéis, personajes de lo más variopinto, y en verano más.

Entre los excéntricos más famosos está Petronilo Páez, un ciudadano costero, asustadizo, de vulnerabilidad probada, rencoroso de buena fe y raciocinio menguado que ejerce de impresionable, sensible y moldeable. Es su particular afición la de quedarse de piedra, y lo borda la criaturita. Que está el hombre en la playa disfrutando del solecillo y le dices buenos días, se gira lentamente, te mira desde lo más profundo de su hondura y se queda de piedra. Que está por salir la luna naranja por levante y le das una cariñosa palmada en la espalda y va y se queda de piedra. Una cosa digna de ver.

Otro que tal baila es Juvenal Difuso, un poeta venido de tierras por descubrir, aficionado al suspiro inverosímil, la risotada inoportuna y la exploración del universo interno sin telescopio ni nada. Es Difuso un individuo proclive al llanto, la exageración y el menosprecio acentuado en época de rebajas.

Teníamos una estrella del Pop, pero se ha ido al entierro de un ángel de Charlie, dicen las comadres y los copadres en la frutería de Ernesto, que es un ciudadano argentino natural de Canillas del Aceituno. Le llaman Argentino porque siempre viste de plata y azabache en las novilladas de gacelas, no porque sea o haya estado jamás en el país de los argentinos.

Creo que podemos dejarlo por hoy mencionando a Grosella Frutal. Una joven que subió una mañana al Tajo, se asomó a la barandilla de la torre, apoyó el mentón en la madera salada y allí sigue desde entonces. Dice que no se baja hasta que el amanecer le parezca aburrido. Lleva allí treinta y dos lustros.

Me mola este Rincón.