jueves, 9 de julio de 2009

Cal pa los bichos y la caló.




¿Cómo serían sus vidas agarrados a la roca, viviendo, pariendo, muriendo entre paredes irregulares, unas veces rezumando humedad y calor, otras frías, gélidas?

¿Cómo forjaron su forma de ser el miedo, la privación y las oleadas de extraños invasores de lenguas, vestidos y costumbres tan dispares?

Les imagino pacíficos, aferrados al río y a la montaña, cuidando cabras y cerdos, recolectando el fruto de sus cosechas mínimas, arañando un metro más a la roca con esfuerzo, constancia y paciencia, sin apenas herramientas, siempre mirando al mar, allá a lo lejos, esperando el siguiente saqueo, ocultando a las niñas, el grano, la carne y el pescado en habitáculos aparentemente inaccesibles.

Imagino al romano subiendo la cuesta. Imagino al ibero sentado en la puerta de su casa-cueva despellejando un conejo. Se levanta. No, el conejo, no, el ibero. No se atreve a mirar los ojos del militar que rodeado de líctores malencarados se ha detenido frente a su puerta.

Julio Cesar está cansado le duele la espalda, ha venido a probar las aguas, dicen que son buenas para el hígado. Se detiene, la subida es empinada. Con un gesto pide agua, un esclavo se arrodilla a su izquierda y le ofrece una copa de plata.

El ibero apenas respira, inmóvil.

Julio César le pregunta: ¿vives aquí?

- Sí.

- ¿Sabes quién soy?

- Un romano rico.

Dos de los escoltas carraspean, si la respuesta no le parece adecuada a su jefe, tendrán que degollar allí mismo al insolente.

- ¿Qué respuesta es esa?

- Vuestras ropas, la escolta, la copa de plata, esa espada. Sois un romano rico.

El roce metálico del gladius es inconfundible. Una mano huesuda y de cuidadas uñas se alza y el soldado detiene el movimiento. La espada seguirá en su funda. El ibero vivirá por ahora.

- ¿Vives en esta casa?.

- Sí.

- Mi nombre es Cayo Julio César.

- Yo me llamo Manolo.

- ¿Manolus?

- No, no, Manolo. Esto es Málaga. Aquí si te llamas Manolus no te toman en serio.

- Manolo. ¿Ese conejo lo has cazado tú? Me interesa la caza, quiero saber con qué arte o arma lo has abatido.

- El conejo es del Mercadona, a ocho euros el kilo, mi niña me lo ha traído esta tarde de Estepona, sabe usted.

Julio César se rasca la incipiente calvicie, parpadea dos o doce veces y explota. Es un arranque de ira que sorprende a todos, incluso su esclavo más veterano se tumba en el suelo panza arriba, sumiso y perruno. "Yastamos otra vez", susurra el escolta más joven.

- Me voy a cagar en todo!!!! ¿Cómo que en el Mercadona?. Los iberos tenéis prohibido ir a esos supermercados hasta que los inventen y eso aún no ha ocurrido, MAMON!!!!

- El ibero Manolo, Manolus no, Manolo. Saca un paquete de Celtas y prende, tranquilo, un cigarrillo.

- ME VOY A CAGAR EN TODOOOOOO!!!! EL IBERO FUMA CELTAAAASSS!!!!!!

- Esto es un sindios!!!!! A este que lo saquen de aquí inmediatamente y lo pasen a Telecinco, no lo quiero en mi Canal de Historia.

- Glupsss.

2 comentarios:

Fits dijo...

Muy bueno jejeje :)

Paco Montoro dijo...

Fernando, eres sensacional. Al principio ibas serio...pero tu buen sentido del humor....un abrazo