martes, 24 de noviembre de 2009

Cuesta, cuestae, cuestam...



Hay caminos de tierra y asfalto. Piedras, arenas, raíces de olivo, polvo extraño ya casi en diciembre, mediodías y tardes de calor soleado, agradable y raro. Se ven formaciones de árboles desde este mirador por el que corremos en las alturas. Hay una antigua muralla y una catedral que enmarcan majestuosas un cuadro de grandeza hermosa y vieja. Hay sitios en los que me paro a admirar la organización centenaria de los olivares y su conjunto de líneas quebradas en tierra blanca allá abajo, hasta los límites de la Sierra de mi libro favorito.

Hay amigos que te empujan cuando te quedas sin aliento, que te hacen reír, que te enseñan, comparten y dan ejemplo, comparten miedos y secretos y la foto de una niña. Hay desconocidos que se paran a tu lado y, finjiendo estirar un músculo, se quedan prendados contigo del espectáculo de la naturaleza y la piedra.

Y cuestas, hay unas cuestas que dan miedo y pereza, que son tan duras para subir como inclementes para bajar, cuestas que cada día siento menos agresivas porque me ayudan a mejorar un minuto más cada vez que nos juntamos para disfrutar.

Y hay música, y comidas nuevas, y calles que fotografiar cuando tenga tiempo y hay personas que quieren compartir sus experiencias, tan insólitas como humanas.

Está bien la vida.