
Casares, dicen, recibió ese nombre en honor a Cayo Julio Cesar que anduvo por esas cuestas allá por los años sesenta antes de Cristo y los Beatles. Tengo que confesar que sentí un cierto escalofrío al leer la placa que menciona la visita de tan ilustre criatura que tanto lío armaría años más tarde en las Galias y más allá.
Claro que no sé si el escalofrío fue fruto de la impresión histórica o de los calambres, sudores y agobios que me había producido la subida hasta lo más alto del pueblo una mañana de finales de junio. Vete a saber.
Escalofríos, tiritona y sofocos es lo que me está produciendo el libro que me ha prestado Miriam. Os resumo lo leído hasta ahora:
Un señor monje se dedica a ir de convento en convento crucificando monjas y poniéndolo todo perdido de sangre y cosas pegajosas en nombre de un jefe que tiene que es malo malo, luego va a la selva y vuelve a ponerlo todo perdido, pero esta vez de ceniza y azufre; maldiciones y cadáveres que se levantan y persiguen a un sacerdote que sabe veintitrés idiomas y dos dialectos, pilota, navega, lustra y da esplendor entre sexy y respetable del todo; primor de hombre, vamos. De pronto se encuentra con la agente del efebeí que ve cosas que no se ven porque tuvo un accidente y dos desmayos y se hacen socios en exorcismos, papiroflexia criptográfica y parchís templario. Mientras estos le buscan infructuosamente, el malo, que más que malo es un mamón, sigue haciendo cosas propias de su condición, odiosas, sucias y repugnantes. Y, claro, yo que pensaba que los monjes sólo hacían cosas buenas, y dulces, mientras cantan gregoriano, estoy en un sinvivir. A mí estos libros veraniegos que huelen a aftersun me rompen los esquemas. Será un bestseller de esos, pero esto no hay quien lo entienda.
Y además, lo confieso, me da miedo, me pego unos sobresaltos, sufro unos pasmos de agárrate y no te menees. Sin ir más lejos, anoche a las tres y veinte me dio por soñar con el libro, me atacaron tres vampiros, una monja esteparia, una perdiz ojimanca y la madre de Cristiano Ronaldo. Un sueño horroroso del que sólo me pude recuperar tras dos descargas de "apártense".
Desde que he empezado "El evangelio del mal" no salgo a correr por las madrugadas sin mi kit antisatánico del Mercadona.
¿Qué tendrá esto que ver con Casares y con Julio Cesar?
Incógnita misteriosa.
F
2 comentarios:
Jajajaja! Aqui yo, riendome solo delante de la pantalla. Gracias!
Jejejeje. Da gusto verte tan inspirado! Gracias por currártelo!
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