Tomó la novela, la olió y pasaron doce años por sus narices, observó detenidamente su propia firma y la fecha. Intentó recordar en qué lugar vivía entonces, dónde compró el libro o tal vez a la persona que se lo regaló. En la portada una hermosa mujer joven se apoya en la grupa de una cebra, lleva un jersey de punto, una cadena con un camafeo -era un camafeo- y descansa su cabeza sobre el puño derecho, la mirada perdida, sueña o recuerda o espera, es rubia y su rostro es antiguo, sus labios deseables. La cebra sólo muestra un ojo a causa del encuadre y una absurda -para toda cebra que se precie- rienda parcial de cuero sugiere un tíovivo ausente.
Al final resulta que todo es absurdo si lo piensas bien.
En "Mañana en la batalla piensa en mí" el que iba a cenar y retozar se encuentra con una muerta y un niño de dos años que no quiere dormirse. Un papelón, vamos. De ese libro es la imagen de la cebra con la pensadora-soñadora.
Sí, todo es absurdo si lo piensas bien.
Tengo anotada una frase que leí por ahí que dice que "la diferencia entre ficción y realidad es que la ficción debe tener sentido"
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