Dicen las comadres y los copadres de Rincón de la Victoria que una vez veraneó en el pueblo un personaje llamado Antonio Atónito que llegó un día primero de julio con una maleta de cartón, unas gafas de sol de cuello vuelto y una bandurria.
Por lo visto por quienes lo vieron, se abrió la puerta del aLtobús, salieron los del interior como empujados por chisporroteante torrente achampanado, se lanzaron sobre las hamacas y detrás salió Antonio, lento, cargado de hombros, estrecho de pecho y con pies de plomo, se quedó mirando el mar, soñó y entonó esta tonada con aires de bossaboba:
Toda mi vida soñé
con poner en la orilla mis pies.
Olas, gaviotas y arenas
sepultarán todas mis penas.
ESTRIBILLO
Ole, ole, ole.
BISES
Acto seguido fue detenido por las fuerzas y cuerpos de seguridad del municipio, esto es, por Mauricio el costalero mayor, alguacil, ventero y resucitador de amores imposibles que le presentó ante las justicias, a la sazón, Don Justo Perdido, que le impuso, en calidad de imponedor, la pena de hombre, multa y accesoria de cosquilla con pluma de rana por los delitos de desazón colectiva, atentado contra la rima simétrica, descojonación másIVA y perturbación del medio ambiente.
Tras cumplir su deuda con la ciudadanía, pudo, por fín, Atónito, remojar sus corvas y entresijos en las playas litorales de nuestra costa playera y lo hizo con pompa, ceremonia y boato, como era de imaginar: se postró arrodillado en la orilla, pero siendo como eran las 19'34 le asaltó la ola de rigor y fue a dar con sus huesos y su bandurria a doce metros de distancia con grandes aspavientos, ahogos y recomposiciones vergonzosas, sin que ello menguase un ápice su afán mediterráneo y meridional. Retomó la posición con elegancia y disimulo, extrajo un pañuelo preventivo y observó la luna llena, la curva de la playa, El Tajo y empezó a hacer unos pucheros tristísimos, seguidos de graves aspiraciones nasales y una lágrima que cayó en la arena.
Qué espectáculo, qué emoción aún comentan por aquí. Antonio Atónito estuvo treinta días con nosotros y los treinta repitió el espectáculo: corría por la mañana hasta su lugar preferido (el único que conocía en la playa), clavaba la bandurria, se aproximaba a la orilla y prorrumpía en desconsolado llanto. Unos dicen que pensaba en el fin del verano, otros que el mar le había oxidado el seso, otros que una enfermedad natal y testamentaria le hacía refractario a la felicidad.
Yo no sé qué le pasaba a este veraneante, pero la idea de marcharse de aquí debe ser dolorosa para ellos, los pobres. Y eso que no saben lo bien que estamos en invierno.
Va por ellos. Los pobres.
5 comentarios:
Desde el asfalto...ja ja mu gracioso
Bueno, tú tienes El Prado, los latin kings, el Reina Sofía, los aparcamientos que quieras, El Prado, el Reina Sofía, El Prado...
jijijiijiji
Un abrazoooooooo
Grande como siempre ;)
Fernando ¡¡que alegría me dio de verte amigo!! sin duda tenemos un clima estupendo, y en invierno mejor...un abrazo
muy interesante historia, paisano...
te sigo desde ya!
una ola desde el mar azul...
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