Hay cosas que uno disfruta enormemente y nunca comenta con nadie por temor a la camisa de brazos cruzados mágicos. Uno de mis lugares favoritos son las fruterías, esos tanatorios llenos de hermosura, colorido y olores efímeros, simétricos, acotados y variopintos.
La otra mañana, serían las siete menos cuarto, estaba en una esquina de e-Magin@ esperando a un amigo con mi mochila de Mazinger Z conteniendo mi estuche de Snoopy y los rotuladores de colores. En los pocos minutos que ha tardado en aparecer el esperado he saludado a tres personas. Sí, en este lugar la gente se saluda por la calle en las madrugadas. El primero me ha sorprendido, a los siguientes les he dedicado el saludo correspondiente al suyo y una amable, sincera sonrisa. El primer amable rural ha salido de un bar dejando un rastro oloroso de coñac y ducados, se ha montado en un tractor que arrastraba un remolque con una especie de ventilador a popa. Ni idea, será para airear semillas o ventilar productos químicos, ya preguntaré. El segundo se ha bajado de un Land-Rover verde y ha entrado en el bar para relevar al anterior en el antiguo arte de escanciar madrugadas. El tercero estaba descargando cajas de frutas que introducía con decisión y habilidad en un pequeño comercio que tiene un rótulo mágico pintado en azul en una tablilla blanca: FRUTERÍA.
Como quien no quiere la cosa, como una mosca oliendo miel, me he acercado a la puerta, me he abierto de narices y por un momento he cerrado de ojos, allí olía a higos, brevas, granadas, peras, manzanas y caquis. Cuando he descorrido los párpados el frutero, encorvado y caja en ristre, me decía "buenoj díaj" con una sonrisa. Le he respondido entre azorado y compungido porque no me gusta que me cataloguen de raro en la primera semana y mucho menos que me sorprendan de amanecida en el preciso instante de gozar del efluvio de la breva nueva. Ha sido un desliz imperdonable.
Al volver, por la tarde, el Señor De Las Brevas me miró desde la silla de esparto reclinada, entre cómplice y mosca perdido, me cruzó la cara con un amable y comercial buenas tardes.
Claro, me sentí obligado a comprar quintal y medio de higos secos y cuarenta arrobas de nueces para disimular.
Ahora voy a la farmacia. He perdido la capacidad de obrar.
Pufffff!!!!!
2 comentarios:
En los veranos extremadúricos uno de los placeres de ir a los olivos tempranamente era "distraer" un melocillo y unos higos para desayunar encima de una piedra
Cada vez me gusta mas tus entradas. por cierto en la Cala del Moral hay tres fruterías casi pegadas..
Un abrazo amigo
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